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03-10-2013        Diario de Mallorca Online [Espanha]

Decía Gramsci que “la crisis consiste precisamente en el hecho de que lo viejo muere y lo nuevo no puede nacer: en este interregno se manifiestan los fenómenos morbosos más variados”. La cita no puede ser más apropiada para los tiempos que corren. Nos encontramos en una época convulsa e incierta en la que lo nuevo no acaba de nacer y lo viejo no termina de morir; una época de partos y defunciones en la que convivimos con los fenómenos morbosos a los que se refiere Gramsci.

Uno de ellos es la presencia del bipartidismo zombi: un sistema político donde los dos grandes partidos que durante décadas se han alternado en el poder, a pesar de su abrumadora pérdida de legitimidad ante la ciudadanía, subsisten como muertos vivos, de ahí la metáfora del zombi, que remite, como afirma Ulrich Beck, a “conceptos que han muerto, pero que siguen rigiendo nuestro pensamiento y nuestra acción”. Venimos registrando el agotamiento del bipartidismo como mecanismo de gestión de la democracia española, el desplome progresivo del PP y del PSOE como eficientes máquinas electorales y las grietas abiertas en la cultura de la Transición, el marco cultural y político que hasta la irrupción de los movimientos que corean el “no nos representan” se mantuvo prácticamente incólume y bloqueó cualquier contestación social. He aquí los gérmenes del nuevo mundo que no acaba de nacer.

No obstante, el actual bipartidismo se ha convertido en una institución zombi que pulula sin dar solución a los problemas a los que se enfrenta, conduce a una situación de bloqueo institucional que impide el éxito de cualquier intento renovador y tiende obstinadamente a imponer fórmulas mediante pactos oligárquicos entre las élites en el poder que reproducen sus condiciones de dominación. Lo hace con reformas interesadas de la ley electoral que merman la proporcionalidad, la representatividad plural e incrementan las barreras electorales, así como beneficiándose del apoyo propagandístico de los medios de comunicación, de la abstención y de los ciudadanos que no modifican el sentido de su voto.

El último coletazo del bipartidismo zombi lo ha dado recientemente el presidente del PP y del Gobierno balear, José Ramón Bauzá, quien ha anunciado un “ERE” en el Parlamento autonómico de 18 diputados, que pasaría de 59 a 41. Aunque Bauzá no ha sido el primero de los populares en anunciar recortes de parlamentarios. Antes que él lo hicieron Ignacio González en Madrid, María Dolores de Cospedal en Castilla-La Mancha, Núñez Feijóo en Galicia y Alberto Fabra en la Comunidad Valenciana. En Madrid, la propuesta del Partido Popular pasa por reducir de 129 a 65 el número de diputados de la Asamblea. La misma finalidad perseguida por Cospedal en las Cortes manchegas, donde la horquilla se situaría entre 25 y 35 diputados, mientras que en Galicia el propósito es reducir el Parlamento de 75 a 61 escaños. Fabra, por su parte, baraja eliminar 20 de los 99 diputados de las Corts. Son medidas en sintonía con la reducción del 30% de regidores prevista por la contestada reforma de la Administración local del Gobierno anunciada en 2012.

Ante el descrédito creciente del bipartidismo, el PP quiere aparentar con la retórica de la de austeridad y la eficacia preocupación por la regeneración de la maltrecha democracia representativa. Sin embargo, el juego regeneracionista es otra estrategia más para reforzar a los partidos mayoritarios con argumentos demagógicos, ignorando el hartazgo de la gente con una democracia electoral de baja intensidad tutelada por un bipartidismo formado por partidos que imponen su voluntad al electorado, y a pesar de los cuales, apenas hay elección, pues funcionan como la cara bifronte de un sistema político contra el que se estrella el derecho a voto.

Reforzar la democracia y generar confianza entre la ciudadanía requiere, entre otras cuestiones, desaprender las formas habituales de domesticación política liberal (parlamentarismo, bipartidismo, representación, partidos políticos, etc.) presentadas como las únicas legítimas para dotarse de nuevos y complementarios instrumentos democráticos. En este sentido, desmantelar la herencia del bipartidismo que se resiste a morir y crear instituciones que posibiliten la articulación entre democracia representativa y democracia participativa es fundamental. Atravesamos un periodo de lucidez democrática expresada en calles y plazas que puede ayudar a diagnosticar y curar las patologías de una falsa y decadente democracia representativa frente al auge de nuevas formas de hacer política.


 
 
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Antoni Jesús Aguiló